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Olímpicos: Introducción y Preludio

¡Hola gente!

Si me conocen por twitter o msn, o leyeron el “Si yo fuera creadora guionista de series 1”, deben saber de esta historia. Todo inició hace más de un año, cuando melisa_ram y yo estábamos hablando por msn y de repente nos pusimos de acuerdo para rolear. Pero rolear a nuestra manera, que es con lógica y casi como si fuera un fic compartido. ¡Y más de un año después, aquí seguimos! Usando esa misma idea, expandiéndola, conociendo nuevos personajes y mundos.

El cariño que le hemos puesto al mismo, nos hizo querer novelizar la historia, y aquí estamos! Empezando a subirla por aquí, y donde más podamos, para compartirla con ustedes cada quince días, un nuevo capítulo. ¡Espero les entusiasme como a nosotras!

Título: Serie “Olímpicos” Libro 1: El nacimiento de un héroe.

Escritoras:melisa_ram y esciam .

Rating: Mayores de 16.

Base: Algunas religiones y mitologías aunque, como el nombre lo indica, nos centramos en la Grecorromana.

Summary: Los Dioses Griegos hacen lo posible para seguir subsistiendo en el mundo actual. La historia de ellos no terminó de escribirse hace tres mil años, aún hoy, en el mundo de los no iniciados y los monoteístas, se sigue escribiendo.

Tamaño: 3060 palabras.

 


INTRODUCCIÓN

Tierra de Dioses y Parias

Desde que la Humanidad respira, y camina, hubo dioses entre ellos.

Y desde antes también, quizá. Pero fue hace tanto tiempo, que ya nadie está muy seguro de cuál es la verdad. Hubo una época en que los dioses construyen sus propias leyendas y se las enseñaron a los Hombres, e incluso ellos mismos las aceptaron como su verdad; porque lo único que tienen en claro es que saben de dónde vinieron, pero ninguno de ellos sabe bien cómo fue que nacieron, o cómo es que siguen donde están.

Por qué SON lo que son, y no mueren.

Los Hombres mortales crearon otros mitos, es cierto, también para explicar lo que no comprendían acerca de ellos.

Sus maravillosos poderes, su ira y su amor.

Sus vidas extraordinariamente largas, su belleza incomparable.

Gea tal vez podía hablarles de eso, de sus nacimientos, pues ella era la más vieja y la que había estado siempre, pero incluso la Madre de Todos se resistía a decir. Gea era silenciosa, su función primordial había quedado reducida a contener al mundo en su seno, y dejarlo ser. Ella no podía intervenir en el Destino, ni tampoco Urano, su consorte. Juntos eran las máximas fuerzas dominantes, pero inertes al mismo tiempo: no podían hablar, ver, oír o sentir; y después de dar a luz a los Titanes para que pusieran en funcionamiento el mundo que entre los dos habían creado, cayeron en un profundo sueño y nunca más se volvió a saber nada de ellos. Aún viven, es verdad. Pero no vale la pena esperar nada de su parte.

Los dioses no saben cómo nacieron, porque aunque su conocimiento es vasto y su poder es inmenso, no pueden explicar su propia grandiosidad.

Saben que nacieron de maneras mágicas e incomprensibles para los Hombres mortales, cuyo entendimiento es corto y limitado, y les basta con mantener el misterio, porque dependen de ello para seguir siendo superiores. Si de pronto alguien los viera sangrar, si los escuchara quejarse del dolor, si algo les pareciera difícil…

Si de pronto hubiera una forma fácil de explicar su magia, de diseccionarlos como a cualquier ser viviente…

YA NO SERÍAN DIOSES, NUNCA MÁS.

Durante un largo tiempo, se dedicaron a SER, simplemente, y a gobernar, exigiendo pleitesía por ser inmortales, poderosos, hermosos y temibles. Aún así, hallaron el modo de destruirse unos a otros, y la codicia de los hijos superó a la de sus padres.

Sin Gea ni Urano para decirles qué hacer o detener sus acciones, los nietos de la Tierra y el Cielo traicionaron a sus padres, los Titanes, y les arrebataron todo el poder. Así fue como Zeus, el menor de tres conocidos hermanos divinos, se adjudicó el dominio de toda la tierra firme, le dio a su hermano Poseidón el control de los mares, y a su hermano Hades le encargó la supervisión del Inframundo. Los movía el orgullo, la voracidad, el hecho de que PODÍAN hacerlo. En eso no eran tan distintos de los Hombres comunes que les servían y los admiraban, siguiéndolos con la fuerza de una Fe lograda a base de terror y guerra. Con los Titanes fuera de su camino, Zeus engendró una prolífica generación de nuevos dioses con diferentes consortes, hijos a los que delegó muchas de sus funciones, haciendo su reinado más firme, absoluto y extenso. Intrínsecamente, era el Rey de los Dioses, soberano de todo, hasta de los mares y los infiernos.

Todos sabían eso. Y sabían lo caprichoso y voluble que Zeus era.

Así que, durante muchos miles de años, esto funcionó así y estuvo bien.

Eso era entonces. Cuando los Hombres mortales eran débiles, ignorantes y fáciles de influenciar, cuando la amenaza bastaba para doblegar sus voluntades: el miedo a ser devorados, incinerados, convertidos en monstruos horribles o castigados con terribles maldiciones era un excelente móvil para volverlos criaturas serviles y sonrientes. Así que, con la enorme cantidad de energía que sus fieles les proveían con su Fe, el panteón de dioses de la Antigua Grecia se expandió y conquistó terrenos, tribus, poder, gloria y a otros dioses menores, volviéndolos sirvientes de su causa.

Gozaron de una fama impresionante…

Al menos, hasta la Edad Media.

Mas los Hombres eran listos, y su inteligencia crecía exponencialmente con el paso de los años. Poco a poco, los creyentes y acólitos fueron interiorizándose acerca del verdadero valor de los dioses y los ídolos, de lo que les daban y lo que recibían de ellos, y dejaron de construirles monumentos, de ofrecerles alabanzas y sacrificios. En muy poco tiempo, los dioses vieron su poder mermado, pero al principio no les preocupó mucho. Pensaron que era cosa de ejercer más presión, quizá eran demasiado orgullosos como para admitir que estaban en algún tipo de problemas.

Su territorio se redujo, constantemente atacado por Hombres de cultos ajenos.

Y aunque les costó milenios construir su panteón, les tomó pocos años empezar a perderlo, porque el panteón no eran sólo ellos, sino su gente y sus territorios. Pero lo notaron cuando ya era demasiado tarde.

Su civilización se extinguió, muy rápido.

Grecia, la capital humana de su imperio, fue tomada. Sus templos, saqueados. Y ellos no se movieron para ayudar a sus súbditos, sólo para proteger sus preciosas alegorías. Muchos coinciden en que ése fue el principio de su progresivo final, cómo el pueblo que los idolatraba dejó de creer en ellos, y les dio la espalda. Los dioses pagaron caro su orgullo y vanidad. El Rey de los Dioses tenía que hacer algo. Prometeo fue el primero en pararse y decir que lo que debían hacer era proteger a su pueblo, contenerlo y actuar como VERDADEROS dioses para toda la gente. Gracias a esas esclarecedoras palabras, Zeus se dio cuenta, muy tarde, de que no eran dioses sólo porque habían nacido así: se debilitaban, porque el alimento que necesitaban, lo estaban perdiendo.

Dicen que él descubrió el significado de su grandiosidad, y se asustó.

Unos pocos millones de seres siguieron fieles al panteón desde la desaparición de su principal metrópoli, pero desde entonces, sus números decrecen por montones cada año, hasta la actualidad. Al principio, las invasiones, las epidemias, el terror y las guerras tuvieron algo que ver. Después, cuando los Hombres se dieron cuenta de que podían vivir sin rendir pleitesía a los dioses…

sus nuevas deidades fueron la Ciencia y la Razón.

Los Hombres mortales se alejaron cada vez más de las Antiguas Creencias, con el paso del tiempo, desterraron a la magia, las maldiciones y el terror, y se dedicaron a seguir creciendo, sin los límites de ningún dios más que uno al que no podían ver, oír o siquiera probar que existía. El Cristianismo ganó una batalla silenciosamente, sin siquiera avisar. Hoy, menos de un 3% de la población mundial aún forma parte del panteón, conoce de su existencia y es fiel a sus principios.

No hay dioses entre nosotros, no.

Ellos aún viven en el Olimpo, entre el mundo invisible y el tangible.

Pero en la Tierra de los Hombres han quedado sus fieles, acólitos y Héroes, para seguir manteniendo las tradiciones, tratando de expandir nuevamente el alcance de las Antiguas Creencias, y trabajando duramente para convertir al panteón en un lugar mejor. Lejos están los tiempos de terror y guerras internas, de abusos y derechos negados. Aún hay dioses que creen en sus acólitos, y son conscientes de que les necesitan. Dioses que se han dado cuenta de que muchos les han olvidado, y están en peligro de desaparecer. Que están dispuestos a dejar de lado su indiferencia, egoísmo y orgullo y levantarse las mangas y trabajar, si no por el bien de todos, al menos, por el bien de esos acólitos que aún creen en ellos, y les respetan.

Aunque, así como muchos aún les aman, otros aún les odian.

Y no por motivos insustanciales.

Como Lance Hewlett, por ejemplo. Es sólo un trabajador de reparto de encomiendas de la empresa Canadian Express, para cualquiera que lo viera pasar por la calle. Sólo un hombre de veintitantos años, ordinario y tranquilo, que trabajaba para vivir como cualquier otra persona. Que vivía solo en un apartamento pequeño en un barrio tranquilo, y gozaba de beber alguna cerveza fría de vez en cuando. No era nadie, mucho menos alguien de quien hubiera que ocuparse o preocuparse.

En esa vida.

No es que hubiera muerto y resucitado, más bien…

Esto es un poco complicado de poner. ¿Cómo describir la capacidad de un monstruo inhumano de sobrevivir tres mil años, escondido bajo capas de culpa y disfrazado de un hombre común? No, no es sólo “complicado”. Es muy difícil. Nadie puede explicar aún la pasmosa capacidad de los dioses de echar maldiciones, y lo tremendamente efectivas que éstas son. Lance, en un tiempo muy lejano e impreciso, había sido un Hombre importante, muy conocido y no precisamente por sus buenas acciones, que había recibido un castigo terrible: estaba condenado a no ser una persona, nunca más.

Quizá la finalidad de hacer las maldiciones eternas, era que los castigados aprendieran algún día la lección. Bien, él la había aprendido.

Y no quería tener nada que ver con los dioses, otra vez.

Pero Lance lo quisiera o no, él ya no mandaba en su Destino, no desde el día en que el propio Zeus se enfureció con él y lo convirtió en esa bestia espantosa. Había vivido a la sombra por mucho tiempo. El Destino (o quizá, el dictamen de la durmiente Gea) tenía grandes planes para él, planes todavía un poco inciertos, pero que incluían a los dioses.

O a una diosa en particular:

Reconocida en el panteón por su inteligencia, habilidad como estratega y su calidad de persona noble y confiable, Atenea, la Diosa de la Sabiduría y la Guerra, había descendido a la Tierra de los Hombres en una importantísima misión que requería su atención personal. Ella era una de las pocas deidades olímpicas que no tenían reparos a la hora de salir de su Reino, o mezclarse con los Hombres comunes. Su amor por el pueblo, por su pueblo, la impulsaba siempre a actuar como ellos, a mezclarse y abrir su corazón, siendo magnánima y bondadosa, protectora y leal, con todos sus acólitos, Héroes y fieles. Era muy querida y respetada.

Mucho más que otras diosas o dioses del panteón.

Su incansable lucha por los derechos de los mortales y de otros seres no mortales hablaba sola de la valía, el buen corazón y el sentido de la justicia de la “Diosa Virgen”, y todo el que conocía el nombre de la hija preferida de Zeus, la auténtica Princesa de los Dioses, pensaba en ella con admiración. Atenea era feroz y poderosa, pero los años y las vivencias también la habían hecho mesurada y bastante pacifista.

La persona menos pensada, para otra persona menos pensada aún.

Era en estas insólitas circunstancias, que los dos caminos más imposibles de todo el ancho mundo se cruzarían y cambiarían sus rumbos, para siempre.



PRELUDIO

Volvía a su casa después de otro día sin suerte. Sentía el cuerpo agarrotado, y mucho sueño. Estaba tan decaído que hasta la muy poca luz del amanecer al fondo, entre los edificios, le parecía que se burlaba de él y sus esfuerzos.

Caminó por la calle con los hombros caídos, y no solo por el escudo metálico y la espada que aún llevaba en las manos, sino por el cansancio… un barrendero, desde la calle del frente, lo miraba con una tenue sonrisa, pero él no hizo caso a ello. Estaba muy ensimismado en dejar de sentir tanta impotencia, odio y, al dejar de hacerlo, no sentir más el dolor.

Empezaba a creer que esa era una misión que no podría hacer solo, por más que su misma patrona había creído en él y dado un préstamo muy valioso para lograrlo. De alguna manera, sus habilidades de rastreador y psíquicas simplemente no querían funcionar bien. Mientras más se frustraba e intentaba, menos podía concentrarse.

La visión de su madre gritando y cayendo en el hoyo en la tierra que, de la nada, se volvió a llenar, no lo dejaba trabajar en paz.

En contra de su, tal vez, tozudo ego; sólo le quedaba la esperanza que la ayuda de los centinelas le fuera, por fin, provechosa… sintió un aura amenazadora detrás de él.

Ya la había sentido antes y, extrañamente, sonrió al saber que estaba cerca. No era un aura fuerte, era más animal que humana, llena de caos de sensaciones y, sobre todo, hambre. Lo que fuera, no tenía mucha inteligencia y sería muy entretenido matarlo, al menos para sacar un poco de la frustración por la búsqueda infructuosa en la que había estado por días.

Viendo que el barrendero muy madrugador iba hacia su altura haciendo su labor, decidió internarse en una calle y en otra hasta encontrar un lugar lejos de ojos de humanos comunes y “no iniciados”.

El aura lo siguió, claro, lo sentía claramente... desde su espalda, a la izquierda. Era una sensación que no se podía explicar del todo, como cuando las personas perciben que alguien los está viendo o, más parecido aún, el “aire” de un individuo: ese algo que cualquiera puede intuir frente a otro, aunque no lo conozca. Una precognición de cómo se cree que es esa persona.

Los seres con grandes energías proyectan de sí esa sensación con tanta fuerza que podían ser percibidas antes de, siquiera, ser vistos. Al menos para personas con fineza de sensibilidad, que podían no solo reaccionar emocionalmente a las auras, sino analizarlas.

David era una de esas personas. Mientras caminaba entre una licorería y una zapatería, a un espacioso y fétido callejón sin ventanas; estuvo moviendo en su mano el agarre de la espada circularmente, lleno de expectación. A medio camino del oscuro callejón, cuando ya se metía en la sombra del edificio, oyó el resbalar de unas garras en el suelo, yendo hacia él. Un gruñido bajo se hizo cada vez más alto mientras se acercaba y lo dejaba salir por el hocico.

David se movió al instante, la adrenalina haciéndolo tener el corazón acelerado y la energía en sus músculos listos para el ataque. Puso frente a su cabeza el escudo y las piernas listas para poder contener el golpe. Fue fuerte y lo hizo dar un paso hacia atrás. El ser mordía el escudo casi engulléndolo del todo, y el aliento fétido le llegaba hasta la nariz, mientras intentaba alejar unas grandes garras que querrían desgarrarle el costado con la espada.

Cuando sintió que el filo topó con carne, cortando con facilidad, el aullido de dolor de la bestia acompañó el retiro de la fuerza contra él. Así, David pudo dar unos pasos atrás antes del contraataque. Le miró y, después del espasmo de horror natural al haber entendido contra qué peleaba, terminó sonriendo mientras su entrenamiento de años lo hacía tranquilizarse y hasta congratularse de esa tarea.

Matar una bestia así iba a ser una gran hazaña.

Todo eso pasó en unos pocos segundos, antes de que la bestia atacara con más ahínco, rugiendo y gimiendo a la vez; tan fuerte y lastimeramente, que David tuvo que hacer lo posible para no reaccionar con respingos o nervios por ellos. Los dientes, garras y cola se volvieron un amasijo de fuerza y filo desatado, con el único fin de insertarse dentro de su cuerpo, hacerlo sangrar y morir… lo mismo que su espada estaba tratando de hacer, con mejor técnica y hasta elegancia, en contra de ese monstruo.

Con mandobles, gritos de guerra, aullidos y rugidos de la bestia, sus pasos en el pequeño lugar y los repetidos entrechoques entre el escudo, las garras y colmillos; el encuentro siguió por pocos minutos.

David empezaba a intranquilizarse. El dolor de una herida del brazo, sobre todo, le preocupaba. La fatiga empezaba a atenazar su cuerpo, y sentía que su fuerza y reflejos empezaban a caer en los excesos, haciendo menos precisos sus movimientos. Por ese mismo error, el monstruo pudo desgarrarle la correa que mantenía unido su escudo a su brazo, y apenas este bajó un poco, atacó con la otra garra contra el pecho.

Una carcajada del joven coreó el gañido de la fiera mientras una de sus garras caía en el suelo, junto a más sangre. El torso del joven, bajo una camisa negra escondía, al parecer, algo que le hacía ver el pecho más abultado e indestructible para las garras del monstruo.

David tomó el escudo con la agarradera y, mientras la bestia seguía aturdía, hizo un mandoble en busca del cuello de su adversario. Estaba tan concentrado en ello, que no se vio venir el otro ser que cayó atrás de él al tirarse del techo del pequeño edificio a un lado. El nuevo enemigo le dio una corneada en la espalda apenas estuvo a su altura.

El dolor le perforó enseguida en el pulmón, haciéndolo horroroso el respirar. Luego, mientras sentía que el aliento fétido del primer monstruo era su único aire y los colmillos le destrozaban el cuello, no tuvo ni un minuto de conciencia para poder pensar en algo más que en que no podía morir en ese momento. No, cuando su madre lo necesitaba.

Mientras el sonido algo acuoso y desesperado del monstruo al comer dominaba la estancia, la voz gruesa y poderosa del ser que acudió en la ayuda de la bestia, se oyó en el callejón:

Contrólale —le exigió al que se había disfrazado como barrendero, que estaba en la entrada del lugar—. Primero el botín, luego el festín.

El pequeño hombre asintió, dijo algo en un lenguaje extraño, con autoridad, y la bestia se alejó aunque no parecía desearlo, porque seguía mirando hacia el cuerpo, y sus músculos parecían pelear contra una fuerza invisible por no caer de nuevo sobre el cuerpo.

El minotauro rasgó más la camisa y sacó sobre la cabeza del hombre muerto aquello por lo que había venido y chasqueó con la lengua.

Espero que no me digan ni mierda por llevarlo manchado de sangre y babas de monstruo. ¡Ya, suéltalo! —terminó diciendo al de la entrada, como si pensara que era idiota por no seguir la orden antes de que él la tuviera que decir.

Después de otra palabra del anciano, la bestia fue de nuevo hacia su comida… llevaba casi una semana sin comer algo.

OoOoO

Y eso fue, ¿Qué tal? ¿Qué les parece? ESPERO LES INTERESE Y ESPEREN A DENTRO DE QUINCE DÍAS LO QUE SIGUE!!!

¡Abrazos!

(AHORA SÍ, A LA HISTORIA EN SÍ)

Tags: olímpicos, original, tipo: supernatural
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